Alive

Escribo. Escribo porque creo que lo que martilleo con mis dedos no son letras. Escribo pensando que con cada palabra hay bocas que callan, flores que crecen, imperios que se derrumban, parejas que hacen el amor. Que en una época donde se prohibe tener criterio, es necesario tener un punto de vista. Que en algún momento, lo que diga se hará realidad.

Escribo porque estoy vivo.

Oda a las papas

papas

Onduladas formas de sabor sintético,
espantosas formas de adicción inusitada,
el placer que me provocas es idéntico
al de la grasa depositada.

Porque, ¡oh papas! qué suplicio.
Lo nuestro de los viernes ya es un vicio.
Aún así yo dí un bocado, y otro,
hasta que ya no quedó nada, hasta que me lo comí todo.

Da igual qué sabor pruebe: naturales,
jamón jamón, york-eso.
Ninguna tiene nada, pienso,
pero a todos nos vuelve subnormales.

Porque a pesar de que me amenices Dexter, Perdidos,
Stargate SG-1 o Los Soprano,
¿acaso no es mejor un zumito?
¿no nos ahorramos, así de paso, unos kilitos?

Por eso, querida amante de cien gramos,
a precio de un euro la unidad,
tengo que darte el duro adiós,
hasta que adelgace una barbaridad.

El miedo

Curioso, cómo nosotros mismos nos echamos mierda a nosotros mismos y luego le gritamos a nuestro vecino, echándole la culpa. Angustiosa me parece esa sensación de ser uno de los pocos que se da cuenta de que dos más dos son cuatro, de que después de la letra C va la D y de que detrás de cada decisión importante hay una duda razonable. Porque yo no me trago que seáis tan gilipollas. Me parece que simplemente estáis deseando escapar, ya sea por una puerta que por un agujero en la pared hecho con una cuchara. Que os gusta vivir cómodamente en los sofás mientras os asustan por un lado, os animan por el otro y en medio os toca pasar por caja para no tirarlo todo por el retrete.

Slumdog Millionaire ha ganado ocho Oscars, pero eso es sólo una consecuencia. La guinda del pastel, diría yo. Me imagino a cualquier espectador saliendo de la sala después de verla pensando”joder, si un niño indio con cara de Dumbo no sólo se hace rico sino que consigue a la chica de sus sueños, ¿cómo no voy a poder llegar yo a pagar la hipoteca?”. Claro, no vamos a recibir el mensaje del Caballero Oscuro, no vamos a decirle a la población mundial que se cuestionen el sistema sobre el que viven o los colores por los que juran. La cosa no está como para tomar esos riesgos, así que cogemos a un tío que te sepa maquillar bien una historia mediocre, a un país muy pobre pero molón, metemos planos bien inclinados para que parezca que se ha hecho algo de curro, et voila!. La receta contra el miedo.

El jurado de los Oscar sólo vio a una sociedad poniéndose de rodillas y pidiendo clemencia, y les dieron el mensaje que necesitaban. Por eso no pienso que exista un titiritero, una élite manipuladora que quiera controlar nuestras acciones o nuestros pensamientos. Se lo estamos suplicando a diario; tan sólo han hecho lo que han podido con lo que hay.

Gags favoritos de San Valentín

Como en Autorretrete sómos férreos defensores de este tipo de festividades, llenas de situaciones donde se demuestra hasta qué puntos somos tan idiotas a la hora de decir una cosa para luego hacer absolutamente lo contrario, queremos obsequiaros con algunos de los mágicos momentos provistos por unas veinticuatro horas llenas de regocijo amoroso. De paso, queremos aconsejar a los cargos públicos y dueños de grandes cadenas comerciales que se inventen más días de este tipo para poder volver a casa con una sonrisa en los labios. No sé, ¿se les ha ocurrido festejar el momento en el que recibimos la primera visita alienígena? podrían venderse caretas, camisetas, y hacer mensajes con cadenas humanas al más puro estilo Hair.

Momento nº 1. Metro de Madrid, 18:00 horas aprox. Chica de 16 años. Pendientes de oro, pelo recogido en una coleta, rubia, ojos marrones, piercing de ‘oro’ cerca del labio, ligeramente encorvada y con claros síntomas de haber sufrido un golpe en el ojo (era o eso o maquillaje). Amplios conocimientos de los mecanismos de doble moral que obran a diario y una gran conocedora de la filosofía  decadente y el mercantilismo de nuestros días.

- Pues va a ser San Valentín, ¿sabes?. Esa fiesta inventada por el Corte Inglés. - se ve que ninguno de sus amigos ha oido, a causa del ruido del tren, esa enorme revelación que cambiaría por completo sus vidas - ¿Sabéis? es que San Valentín está inventada por el Corte Inglés. ¿Sabíais que San Valentín…?

Acto seguido dos hombres vestidos de negro y con gafas de sol la metieron en un saco y se la llevaron. Sabía demasiado.

Momento nº 2. Autobús interurbano, 03:00 horas. Un hombre con amplias entradas, de aproximadamente 120 kg de peso, con cara de pocos amigos y menos amores, barbudo y conscientemente desaliñado, llevando un globo rosa en su mano derecha. Le acompañan dos letrados y un canónigo. Uno de ellos besa al afortunado antes de cambiar de tema para comentar que “se liará primero entre loh esquins y los jebis. O no, entre los punkarras y los esquins”, muy conscientes del panorama actual y completamente concienciados por él. Luego, hicieron un largo debate sobre si quería que les atendiese el doctor Jaus. “es que es un hijo puta, ¡pero las acierta todas!”, dijo uno, a lo que el otro apuntilló: “¡pero que te digan como a una que o estás embarazada o te mueres! ¡yo ahí le suelto ‘pero desgraciao, tú lo que no tienes es vergüenza’!”.

Y aquí concluye el episodio de hoy.

¿Qué ha provocado la ausencia tan larga del autor de este blog?

a) Ha sido secuestrado y sodomizado analmente durante varios meses por un grupo de doce encapuchados con el propósito de “dar por el culo al país tanto como el país le ha dado por el culo a ellos”.

b) Se volvió a caer por las escaleras y a experimentar viajes extraños, esta vez por una puerta interdimensional que conecta con colonias humanas creadas desde hace decenas de miles de años. Se quedó hablando con ellos un buen rato porque, casualmente, hablaban su mismo idioma a pesar de vivir enla otra punta del universo.

c) Pensó que era estúpido escribir si no tenía a un grupo de groupies incondicionales con el objetivo de convertirle en una mejor persona a través de sesiones sexo maratonianas.

d) Todas las anteriores.

Evolución

Era la madrugada de un día cualquiera. Christopher John Boyle estaba en uno de sus lujoso apartamento de Los Ángeles, sentado en su sillón de cuero con un vaso de whisky medio vacío en la mano. Estaba desnudo, a pesar del enorme ventanal que tenía justo enfrente suyo, desde donde se podían apreciar las preciosas vistas de la capital. La noche americana, el sueño que tenía enfrente suya. Sentía que podía atravesar constelaciones si quisiera, pero se contentaba con observarlo todo a través del cristal. Le tenía hipnotizado, sin mover un músculo, mientras sentía en su garganta el cálido torrente de alcohol que se dirigía directo a su hígado. Las palabras salieron naturales de sus labios:

- Lo tengo todo. He llegado hasta aquí gracias a mi trabajo duro y a mi capacidad como artista. Sonará pretencioso decirlo, pero es así. Soy un modelo de conducta, un ídolo a seguir. Pero en el fondo, soy un ser humano. No podía dedicarme toda la vida a dar gritos como un poseso. Necesitaba un cambio, seguir adelante, demostrarme a mí mismo que podía superarme y alcanzar la perfección. Por eso, mucha gente me odia, deseando que repita la función una y otra vez. Pero no me comprenden. No saben que mi obra ha alcanzado un nuevo nivel que sus patéticos cerebros no pueden llegar a percibir. Ahora llego a más gente que nunca, personas que saben apreciar lo que tengo que ofrecerles. Nunca lo he hecho mejor, estoy seguro. ¿Verdad que llevo razón?

- Claro que sí, cariño. - La joven que se encontraba de rodillas y entre sus piernas paró un momento lo que estaba haciendo para contestarle. No estaba muy segura de qué había oido, pero le permitió aprovechar unos segundos para tomarse un respiro.

- Ahora estoy ahí arriba, junto a los más grandes. Sólo no lo saben todavía.

Y así continuó la vida de Christopher John Boyle. Tan cerca de las estrellas, tan lejos de la realidad.

Vuelta de Marte

Después de 11 días sin actualizar (más si tenemos en cuenta la última chapuza sin escribir) aquí estoy de nuevo. Y no os váis a creer lo que me ha pasado. Justifica cualquier ausencia posible.

Encontrábame yo, absorto en mis pensamientos mientras vagaba por el domicilio familiar cuando ¡oh! pobre de mí, el cordón de mi zapato izquierdo se encontró atrapado entre la suela y el suelo, si entendéis lo que quiero decir, haciéndome perder el equilibrio y precipitándome directo hacia las escaleras. Unas vueltas de campana después me encontraba en el suelo. Suerte que mi cabeza amortiguase el golpe.

Abrí los ojos y no estaba en el sótano de mi casa, sino en un enorme descampado lleno de insectos, plantas cardosas y un olor a mierda de aquí te espero. El responsable era un hombre carente de incisivos, aunque de incisivo lenguaje.

- ¿Qué dzemonios haces aquí, hijo? - Claramente no había ido al oculista últimamente. No era su hijo.
- ¿Tú qué eres, el espantapájaros o el hombre de hojalata? ¿Dónde cojones estoy?
- Cuidado con tu lenguaje, hijo. Ni se te ocurra acercarte a mi reino como si fueses el rey de la jungla. Estamos en Parla, y es el año 1973.

Salí corriendo. El granjero siguió con su pala acumulando mierda, vaya usted a saber por qué. Al rato encontré un calle, muy malamente pavimentada, con gente yendo de un lado para otro vistiendo monos o trajes de flores, dependiendo del género, y un periódico con un titular hablando de la gloria española y una fecha impresa en ella: 1 de febrero del año 1973. Estaba claro que o había viajado en el tiempo o el golpe en la cabeza me había dejado tarumba. Le pregunté a un transeunte que pasaba por allí, manchado de yeso y con un aliento horrible.

- ¿Perdone, esta fecha de aquí es correcta?
- ¡Claro que lo es! ¡El periódico nunca se equivoca! Por cierto, ¿puedes leérmela?
- ¿Usan cepillos o pasta de dientes por aquí?
- Si por cepillo de dientes quieres decir espiga y por pasta de dientes quieres decir agua del riachuelo…

Le miré aterrado y me alejé en cuanto pude. Dando tumbos me encontré una pequeña iglesia, probablemente demolida hace unos cuantos años, porque no la conseguí reconocer. Era de arquitectura… cutre. Por lo tanto, parecía hecha por ellos mismos.

- Eh, chico, ¿por qué el Señor te ha dejado esa cara tan pálida? - se aseguró de que la palabra Señor sonase así, con mayúsculas.
- Me parece que estoy muy perdido…
- No te preocupes. Yo te guiaré.

Conseguí trabajo en una iglesia, donde se me instruía en las lecturas de los testamentos Antiguo, Nuevo y Generalísimo. Era aburrido y creo que me hacía olvidar más cosas de las que aprendía, pero estaba deseando que llegase el fin de semana para disfrutar de todas las cosas que mi nacimiento posterior me había privado: los primeros discos de Led Zeppelin y Black Sabbath, los thrillers policíacos de los 70, el destape sexual del país, mi conocimiento de la historia justo antes de que ésta ocurra… Pero a los pocos días mis ensoñaciones se dieron de bruces con la cruda realidad: no existía Internet. Y el porno era ilegal. Encima, estaba en medio de una dictadura militar.

Aquello era el infierno. No tenía nada que perder. Lo único que podía hacer era tirarme desde el campanario de la iglesia y acabar con aquel sufrimiento. Sin cultura, condenado a una vida de monaguillo, nada tenía sentido. Me rompí una pierna intentándolo, y tuve que aguantar los sermones del cura leyéndome la Biblia y diciéndome que Franco le va a decir a Dios que soy un insensato. Porque Franco y Dios hablan por las noches, según él.

Así que me inyecté aire (lo vi en un capítulo de Los Simpson). Y no fue ni idílico ni indoloro, pero gracias a ello me encontré de vuelta en este mundo hace aproximadamente tres cuartos de hora. Como no podía escapar del país, me perdí bastantes conciertos y estrenos interesantes, pero qué se le va a hacer. Al menos puedo difundir esta experiencia extra-corpórea, ¿no?…

Bueno, vale. Pasé la varicela. Pero no era tan interesante como lo que os he contado, ¿verdad?…

Rituales

De vez en cuando mis madrugadas tranquilas de camino a la Universidad me son interrumpidas por una antigua compañera de bachillerato, quien con puntualidad británica se asoma por mi parada de autobús a la misma hora. La típica chica discreta que no se sentaba ni en las filas de atrás (para demostrar indisciplina o ponerse a cuchichear sobre el último capítulo de la Pantoja) ni muy cerca del profesor (donde salta a la vista demasiado que uno no tiene demasiada vida social). Para mí era, digamos, una chica más, un nombre en la lista. Su opinión sobre mí, si le preguntase, sería prácticamente la misma: no nos importamos en absoluto.

Pero aún así, siempre que nos encontramos, charlamos. Siempre introducidas por la típica sonrisa exagerada que pones cuando te presentan a alguien en un cóctel (lo sé porque he estado en cócteles), nuestras conversaciones tratan de temas como su carrera, de la mía, de lo loco que está el tiempo, que si cómo le va a Jacinto, que si Pepito no consigue aún redireccionar su vida, que si ya podrían ponernos una facultad cerca… El tono no podría ser más deprimente, y, de hecho, en cuanto entramos al autobús procuramos, cada vez más descaradamente, separarnos del otro cuantas más filas mejor.

La situación sería más o menos digerible si no fuese por el número de problemas que causa. El primero y más importante es la hora: a las seis de la mañana lo único que quieres es escuchar Rape This Day, coger un tren lo menos repleto posible, y, con suerte, llegar para poder tomarte un café antes de entrar en clase. Lo segundo son las posibilidades de compartir vagón de Metro, y, subsecuentemente, más conversación. Como no queremos que tal desgracia ocurra, salimos más rápido, procuramos llegar disparados al tren de un minuto antes, nos metemos un vagón o dos más alejados de la tendencia natural, y, en definitiva, hago malabarismos por el simple hecho de que una tía me importa un carajo y no disfruto lo más mínimo de su compañía.

Con lo fácil que sería una situación así:

Mujer llega, sonríe y dice: “¡Buenos días!”
Hombre llega, sonríe y dice “Vete a tomar por el culo”
Mujer sonríe y se va.

Adios

Te he dicho esto muchas veces. Quizás más de las que me hubiese gustado. Siempre esta despedida fue un hasta luego.

Has vuelto hasta mí en demasiadas ocasiones. Robándome aquello que me es más preciado, mi tiempo, y rompiéndolo en mil pedazos para luego lanzarlos al cielo, extender los brazos y recogizarte en tu victoria. Te encanta jugar. Quizás a mí también, lo reconozco. Demasiado.

Todas esas horas revolviéndome entre las sábanas, buscando una puta razón para levantarme mientras tú lo único que hacías era succionar. Así de bien se te daba. No puedo negar tu eficiencia, como tampoco puedo evitar sentir dolor al quitarte de mi piel definitivamente. La marca perdurará, por supuesto, pero nadie con dos dedos de frente negaría el camino tras de él.

Así que por fin me despido de ti para, de una vez por todas, terminar todo aquello que empiece y cumplir toda promesa que haga. No sin antes, claro está, mentar a la madre que te parió. Te lo mereces, y lo sabes.

La suciedad española al descubierto

Hoy he visto una imagen horrible. Más asquerosa que miles de torsos en las calles de Bagdad. Más desagradables que una violación a una mujer ciega en un callejón oscuro. Más que… en fin, creo que pilláis la idea.

Vi a una mujer llorando. Previamente maquillada, acicalada y llevada de la mano a un sillón, a los cinco minutos se puso a llorar. Seguramente sus razones tendría para desmoronarse en ese preciso instante, pero tuvo tiempo de sobra como para ponerse a pensar qué cojones hacía allí. Luego dijo cosas. No me enteré muy bien, pero iba sobre que fue infiel a su marido, se quedó embarazada y luego se arrepintió de todo al ver que el muy hijo de puta no quería hacerse cargo. Supongo que se la quería follar y punto.

Luego vino el marido. Tenía ese look a lo Fernando Torres que de lo pasado que está ya me dio hasta vergüenza ajena (¿pero no ves que ahora se lleva la raya al lao, hombre?), pero eso es otra historia. El caso es que, con su orgullo un par de calles más allá, empezó a contar cosas que no venían a cuento. En ese momento me cabreé y me largué del comedor. Porque efectivamente, como deducirá el avezado lector, yo no quería ver eso.

La televisión americana (hablo por lo poco que conozco de ella, amén de que es la única por la que me intereso actualmente; perdónenme la falta de rigurosidad al respecto) se me asemeja a cualquier tipo de lucha entre el bien y el mal en cualquier película de ciencia ficción. Por un lado tenemos la más bochornosa falta de ética por parte de las noticias, creadas para meter miedo por donde sea (preferiblemente por el culo), los reality shows, los sucedáneos de reality shows, los programas que no sirven para nada pero al menos entretienen… al otro, unas pocas cadenas privadas y otras tantas públicas se dedican a lanzar cosas. Series, más concretamente. No lo hacen en su totalidad por los índices de audiencia -no al menos HBO o ShowTime, que ya tienen asegurado el pan con sus suscriptores-, aunque saben que en el fondo eso no tiene por qué reñirse con la calidad. Y se arriesgan, creando en muchas ocasiones obras que hacen palidecer a la puta basura que puebla, por lo general, las carteleras de cine. Si tuviese que hacer la típica comparación literaria, me imaginaría al ying y al yang fluyendo incansablemente por mantener las justas partes de cada cosa.

En cambio, hacer lo propio con la televisión española resultaría, como poco, en ver una enorme bola de mierda con varios millones de personas soplando para hacerla rodar.

No entiendo cómo puede ser el humano medio tan miserable regodeándose del morbo de ver a alguien más desgraciado que él. No entiendo cómo el desgraciado puede sentirse, además, poco menos que honrado por ser el objeto de la mirada indiscreta de gente que normalmente le pondrá a parir. No entiendo cómo cojones esa gente puede ser tan imbécil y caminar con pose altanera porque le han dado un euro al mendigo que ven todos los días. Y sobre cómo coño pueden ver la calidad en tres personajes estereotipados que hacen poco menos que chistes de pedos, mejor, ni hablamos.

El sentido crítico está muriendo. La doble moral reina. Algo que me pone de una mala hostia que ni os imagináis.