Curioso, cómo nosotros mismos nos echamos mierda a nosotros mismos y luego le gritamos a nuestro vecino, echándole la culpa. Angustiosa me parece esa sensación de ser uno de los pocos que se da cuenta de que dos más dos son cuatro, de que después de la letra C va la D y de que detrás de cada decisión importante hay una duda razonable. Porque yo no me trago que seáis tan gilipollas. Me parece que simplemente estáis deseando escapar, ya sea por una puerta que por un agujero en la pared hecho con una cuchara. Que os gusta vivir cómodamente en los sofás mientras os asustan por un lado, os animan por el otro y en medio os toca pasar por caja para no tirarlo todo por el retrete.
Slumdog Millionaire ha ganado ocho Oscars, pero eso es sólo una consecuencia. La guinda del pastel, diría yo. Me imagino a cualquier espectador saliendo de la sala después de verla pensando”joder, si un niño indio con cara de Dumbo no sólo se hace rico sino que consigue a la chica de sus sueños, ¿cómo no voy a poder llegar yo a pagar la hipoteca?”. Claro, no vamos a recibir el mensaje del Caballero Oscuro, no vamos a decirle a la población mundial que se cuestionen el sistema sobre el que viven o los colores por los que juran. La cosa no está como para tomar esos riesgos, así que cogemos a un tío que te sepa maquillar bien una historia mediocre, a un país muy pobre pero molón, metemos planos bien inclinados para que parezca que se ha hecho algo de curro, et voila!. La receta contra el miedo.
El jurado de los Oscar sólo vio a una sociedad poniéndose de rodillas y pidiendo clemencia, y les dieron el mensaje que necesitaban. Por eso no pienso que exista un titiritero, una élite manipuladora que quiera controlar nuestras acciones o nuestros pensamientos. Se lo estamos suplicando a diario; tan sólo han hecho lo que han podido con lo que hay.
