La suciedad española al descubierto

Hoy he visto una imagen horrible. Más asquerosa que miles de torsos en las calles de Bagdad. Más desagradables que una violación a una mujer ciega en un callejón oscuro. Más que… en fin, creo que pilláis la idea.

Vi a una mujer llorando. Previamente maquillada, acicalada y llevada de la mano a un sillón, a los cinco minutos se puso a llorar. Seguramente sus razones tendría para desmoronarse en ese preciso instante, pero tuvo tiempo de sobra como para ponerse a pensar qué cojones hacía allí. Luego dijo cosas. No me enteré muy bien, pero iba sobre que fue infiel a su marido, se quedó embarazada y luego se arrepintió de todo al ver que el muy hijo de puta no quería hacerse cargo. Supongo que se la quería follar y punto.

Luego vino el marido. Tenía ese look a lo Fernando Torres que de lo pasado que está ya me dio hasta vergüenza ajena (¿pero no ves que ahora se lleva la raya al lao, hombre?), pero eso es otra historia. El caso es que, con su orgullo un par de calles más allá, empezó a contar cosas que no venían a cuento. En ese momento me cabreé y me largué del comedor. Porque efectivamente, como deducirá el avezado lector, yo no quería ver eso.

La televisión americana (hablo por lo poco que conozco de ella, amén de que es la única por la que me intereso actualmente; perdónenme la falta de rigurosidad al respecto) se me asemeja a cualquier tipo de lucha entre el bien y el mal en cualquier película de ciencia ficción. Por un lado tenemos la más bochornosa falta de ética por parte de las noticias, creadas para meter miedo por donde sea (preferiblemente por el culo), los reality shows, los sucedáneos de reality shows, los programas que no sirven para nada pero al menos entretienen… al otro, unas pocas cadenas privadas y otras tantas públicas se dedican a lanzar cosas. Series, más concretamente. No lo hacen en su totalidad por los índices de audiencia -no al menos HBO o ShowTime, que ya tienen asegurado el pan con sus suscriptores-, aunque saben que en el fondo eso no tiene por qué reñirse con la calidad. Y se arriesgan, creando en muchas ocasiones obras que hacen palidecer a la puta basura que puebla, por lo general, las carteleras de cine. Si tuviese que hacer la típica comparación literaria, me imaginaría al ying y al yang fluyendo incansablemente por mantener las justas partes de cada cosa.

En cambio, hacer lo propio con la televisión española resultaría, como poco, en ver una enorme bola de mierda con varios millones de personas soplando para hacerla rodar.

No entiendo cómo puede ser el humano medio tan miserable regodeándose del morbo de ver a alguien más desgraciado que él. No entiendo cómo el desgraciado puede sentirse, además, poco menos que honrado por ser el objeto de la mirada indiscreta de gente que normalmente le pondrá a parir. No entiendo cómo cojones esa gente puede ser tan imbécil y caminar con pose altanera porque le han dado un euro al mendigo que ven todos los días. Y sobre cómo coño pueden ver la calidad en tres personajes estereotipados que hacen poco menos que chistes de pedos, mejor, ni hablamos.

El sentido crítico está muriendo. La doble moral reina. Algo que me pone de una mala hostia que ni os imagináis.