Te he dicho esto muchas veces. Quizás más de las que me hubiese gustado. Siempre esta despedida fue un hasta luego.
Has vuelto hasta mí en demasiadas ocasiones. Robándome aquello que me es más preciado, mi tiempo, y rompiéndolo en mil pedazos para luego lanzarlos al cielo, extender los brazos y recogizarte en tu victoria. Te encanta jugar. Quizás a mí también, lo reconozco. Demasiado.
Todas esas horas revolviéndome entre las sábanas, buscando una puta razón para levantarme mientras tú lo único que hacías era succionar. Así de bien se te daba. No puedo negar tu eficiencia, como tampoco puedo evitar sentir dolor al quitarte de mi piel definitivamente. La marca perdurará, por supuesto, pero nadie con dos dedos de frente negaría el camino tras de él.
Así que por fin me despido de ti para, de una vez por todas, terminar todo aquello que empiece y cumplir toda promesa que haga. No sin antes, claro está, mentar a la madre que te parió. Te lo mereces, y lo sabes.


Comentarios (2)
Putos mosquitos.
Adiós, muñeco