Rituales

De vez en cuando mis madrugadas tranquilas de camino a la Universidad me son interrumpidas por una antigua compañera de bachillerato, quien con puntualidad británica se asoma por mi parada de autobús a la misma hora. La típica chica discreta que no se sentaba ni en las filas de atrás (para demostrar indisciplina o ponerse a cuchichear sobre el último capítulo de la Pantoja) ni muy cerca del profesor (donde salta a la vista demasiado que uno no tiene demasiada vida social). Para mí era, digamos, una chica más, un nombre en la lista. Su opinión sobre mí, si le preguntase, sería prácticamente la misma: no nos importamos en absoluto.

Pero aún así, siempre que nos encontramos, charlamos. Siempre introducidas por la típica sonrisa exagerada que pones cuando te presentan a alguien en un cóctel (lo sé porque he estado en cócteles), nuestras conversaciones tratan de temas como su carrera, de la mía, de lo loco que está el tiempo, que si cómo le va a Jacinto, que si Pepito no consigue aún redireccionar su vida, que si ya podrían ponernos una facultad cerca… El tono no podría ser más deprimente, y, de hecho, en cuanto entramos al autobús procuramos, cada vez más descaradamente, separarnos del otro cuantas más filas mejor.

La situación sería más o menos digerible si no fuese por el número de problemas que causa. El primero y más importante es la hora: a las seis de la mañana lo único que quieres es escuchar Rape This Day, coger un tren lo menos repleto posible, y, con suerte, llegar para poder tomarte un café antes de entrar en clase. Lo segundo son las posibilidades de compartir vagón de Metro, y, subsecuentemente, más conversación. Como no queremos que tal desgracia ocurra, salimos más rápido, procuramos llegar disparados al tren de un minuto antes, nos metemos un vagón o dos más alejados de la tendencia natural, y, en definitiva, hago malabarismos por el simple hecho de que una tía me importa un carajo y no disfruto lo más mínimo de su compañía.

Con lo fácil que sería una situación así:

Mujer llega, sonríe y dice: “¡Buenos días!”
Hombre llega, sonríe y dice “Vete a tomar por el culo”
Mujer sonríe y se va.

Adios

Te he dicho esto muchas veces. Quizás más de las que me hubiese gustado. Siempre esta despedida fue un hasta luego.

Has vuelto hasta mí en demasiadas ocasiones. Robándome aquello que me es más preciado, mi tiempo, y rompiéndolo en mil pedazos para luego lanzarlos al cielo, extender los brazos y recogizarte en tu victoria. Te encanta jugar. Quizás a mí también, lo reconozco. Demasiado.

Todas esas horas revolviéndome entre las sábanas, buscando una puta razón para levantarme mientras tú lo único que hacías era succionar. Así de bien se te daba. No puedo negar tu eficiencia, como tampoco puedo evitar sentir dolor al quitarte de mi piel definitivamente. La marca perdurará, por supuesto, pero nadie con dos dedos de frente negaría el camino tras de él.

Así que por fin me despido de ti para, de una vez por todas, terminar todo aquello que empiece y cumplir toda promesa que haga. No sin antes, claro está, mentar a la madre que te parió. Te lo mereces, y lo sabes.

La suciedad española al descubierto

Hoy he visto una imagen horrible. Más asquerosa que miles de torsos en las calles de Bagdad. Más desagradables que una violación a una mujer ciega en un callejón oscuro. Más que… en fin, creo que pilláis la idea.

Vi a una mujer llorando. Previamente maquillada, acicalada y llevada de la mano a un sillón, a los cinco minutos se puso a llorar. Seguramente sus razones tendría para desmoronarse en ese preciso instante, pero tuvo tiempo de sobra como para ponerse a pensar qué cojones hacía allí. Luego dijo cosas. No me enteré muy bien, pero iba sobre que fue infiel a su marido, se quedó embarazada y luego se arrepintió de todo al ver que el muy hijo de puta no quería hacerse cargo. Supongo que se la quería follar y punto.

Luego vino el marido. Tenía ese look a lo Fernando Torres que de lo pasado que está ya me dio hasta vergüenza ajena (¿pero no ves que ahora se lleva la raya al lao, hombre?), pero eso es otra historia. El caso es que, con su orgullo un par de calles más allá, empezó a contar cosas que no venían a cuento. En ese momento me cabreé y me largué del comedor. Porque efectivamente, como deducirá el avezado lector, yo no quería ver eso.

La televisión americana (hablo por lo poco que conozco de ella, amén de que es la única por la que me intereso actualmente; perdónenme la falta de rigurosidad al respecto) se me asemeja a cualquier tipo de lucha entre el bien y el mal en cualquier película de ciencia ficción. Por un lado tenemos la más bochornosa falta de ética por parte de las noticias, creadas para meter miedo por donde sea (preferiblemente por el culo), los reality shows, los sucedáneos de reality shows, los programas que no sirven para nada pero al menos entretienen… al otro, unas pocas cadenas privadas y otras tantas públicas se dedican a lanzar cosas. Series, más concretamente. No lo hacen en su totalidad por los índices de audiencia -no al menos HBO o ShowTime, que ya tienen asegurado el pan con sus suscriptores-, aunque saben que en el fondo eso no tiene por qué reñirse con la calidad. Y se arriesgan, creando en muchas ocasiones obras que hacen palidecer a la puta basura que puebla, por lo general, las carteleras de cine. Si tuviese que hacer la típica comparación literaria, me imaginaría al ying y al yang fluyendo incansablemente por mantener las justas partes de cada cosa.

En cambio, hacer lo propio con la televisión española resultaría, como poco, en ver una enorme bola de mierda con varios millones de personas soplando para hacerla rodar.

No entiendo cómo puede ser el humano medio tan miserable regodeándose del morbo de ver a alguien más desgraciado que él. No entiendo cómo el desgraciado puede sentirse, además, poco menos que honrado por ser el objeto de la mirada indiscreta de gente que normalmente le pondrá a parir. No entiendo cómo cojones esa gente puede ser tan imbécil y caminar con pose altanera porque le han dado un euro al mendigo que ven todos los días. Y sobre cómo coño pueden ver la calidad en tres personajes estereotipados que hacen poco menos que chistes de pedos, mejor, ni hablamos.

El sentido crítico está muriendo. La doble moral reina. Algo que me pone de una mala hostia que ni os imagináis.

Do you feel what I feel?

¿Alguna vez habéis sentido que lo que estabáis presenciando era más que un concierto? ¿que lo que estabáis presenciando formaría parte de vuestros recuerdos para siempre como la culminación, el cierre de una etapa y el principio de otra?

Cambios, decisiones y trivialidades

Normalmente, los cambios no vienen en tu vida ni debido a invasiones alienígenas, ni debido al asesinato de un familiar o ser querido, ni a que los muertos resuciten de las tumbas y se dediquen a comer cerebros por ahí (u otras cosas, dependiendo de la película). Parece mentira que tenga que empezar diciendo esta gilipollez, pero últimamente tengo la terrible sensación de que cada vez más personas prefieren mirar en babia cómo pasan los trenes en vez de coger uno. Y qué más da que vaya a Barakaldo o a París. Es mejor que quedarse en el andén.

Pero como decía, cuando te das cuenta de que tu vida no es como quieres no depende de un hecho dramático. A veces se da el caso, por supuesto, pero al ciudadano normal le suele venir esta revelación cuando se está rascando los cojones delante del ordenador sin hacer nada, o cuando se despierta en camas que no son la suya con demasiada frecuencia. Entonces se hacen una pregunta. Una pregunta tan estúpida que puede cambiarte la vida para siempre:

- ¿Qué quiero hacer con mi vida?

Me imagino un reality con nombre “Situaciones de la vida, versión exagerada” (el título no es original a propósito, para hacerlo más creíble). Me imagino una primera temporada con Pepe Navarro como presentador (luego se largará dando portazos y le sustuirá, por ejemplo, Maria Teresa Campos), donde un adolescente de 17 años, con el bachillerato recién terminado, es seguido por las cámaras en todas sus decisiones, tanto las más importantes como las más insignificantes. Por ejemplo, a la hora de elegir a su novia le pondrían en una habitación oscura, con una pared de cristal borroso delante suya y cinco personas tras de ella. Tan sólo podría reconocer, con suerte, la silueta. O para elegir su carrera me imagino una ruleta, al tipo este del programa de Antena 3 diciéndole “¡ánimo! para que te toque la mejor sólo tienes que hacer fuerza para que dé una vuelta y media” y luego la algarabía del público viendo que ha caído en una Ingeniería Técnica.

En cambio, para elegir qué ropa ponernos una noche, qué disco ponernos en el iPod, qué televisor comprarnos o qué película ver este fin de semana, podemos gastar incluso horas. Y no me lo explico, porque pasado el tiempo llegará un momento en el que nos encontraremos delante del ordenador, en una cama ajena o en cualquier parte, y un pensamiento llegará a nuestra cabeza. Y no nos gustará un carajo.

Septiembre

El verano se va, y todas esas alocadas manadas que hace dos semanas estaban emborrachándose y acostándose con “no-sé-quién” (un nombre muy común en estos días, casi tanto como Pedro o Francisco) vuelven a endosarse sus trajes, sus faldas largas, su piel blanquecina y sus buenas maneras. No vaya a ser que les pillen. Cada uno vuelve a su corral, llámese unidad familiar, llámese trabajo, llámese facultad, pero pocos de ellos lo hacen contentos. La blogosfera es un lugar perfecto para darse cuenta de estos pequeños detalles: “otra bz de buelta a la uni, q asco!!”; el mismo mensaje repetido miles y miles de veces. Mejor así, no vaya a ser que aprendan algo.

En el Metro de Madrid se retoma esa sensación de ser una sardina enlatada. Cientos de caras tristes, de personas que parecen estar muertas, vuelven a aparecer. Algunas de ellas lo están de verdad. Hay una chica a mi lado leyendo la revista Cuore, otra enfrente repasando apuntes (o quizás leyéndolos por primera vez), y se oyen resoplidos y bufidos cada veinte segundos, como si uno estuviese esperando a que lo terminase el anterior para continuar con la cadena. Una madre agita a su hijo como si fuese un periódico, se moja un dedo con saliva e intenta arreglarle el pelo con él. El niño básicamente está hasta los cojones de que su madre le trate como a un maniquí, pero sabe que está tan cabreada como él y que tiene el poder, así que se calla, echa la mirada al suelo y espera a que pase el temporal.

Pasa un hombre vestido con trapos sacados de cualquier cubo de basura, piel negruzca y barba de varios meses. Su cara, llena de arrugas y cicatrices, castigada por a saber qué circunstancias de su vida, contrasta con su pelo, curiosamente mojado y echado hacia atrás, como el empresario que tengo a diez metros de mí. Hoy recolecta menos que nunca: tan sólo una pareja de enamorados se atreve a darle un euro o dos. Parece que el resto en estos momentos odia su vida, así que no son lo suficientemente hipócritas como para aparentar preocuparse por un desconocido.

Suena una voz desde ninguna parte. “Próxima parada: Pacífico”. Una marabunta de gente se va, otra entra… Sonrío.

Todo vuelve a la normalidad.

Desde ayer hasta hoy

Desde mis formas de canalizar la rabia contra la sociedad en una única persona hasta mis jodidamente abstractos aunque curiosamente lúcidos reproches internos. Desde mis momentos chulescos -post original missing- hasta pseudo-relatos con algo que decir. Desde modestas críticas de discos que me gustan con apenas una introducción, un desarrollo del argumento y una conclusión -también missing-, hasta titánicas parrafadas sobre sagas que han marcado un antes y un después en mí. Y mi Autorretrato. Mi querido Autorretrato. Mi válvula de escape. Mi mucho ladrar y poco morder. Cuánto echo de menos aquellos mensajes. Malditos niñatos y maldita mi buena voluntad.

¿Y qué es lo que queda? Mucho, queda mucho. Pero a la vez queda menos.

Bienvenidos, otra vez.

La línea

Te crees que estás llegando al final, que has recorrido todo ese camino para llegar hasta aquí. Pero te equivocas.

Tan sólo es el principio.